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Schizolobium parahyba

Tarot-cards

MUSICALIDAD

Tambor, guapuruvú o pata de elefante

Historia del árbol

Árbol de transformaciones sorprendentes, en su juventud el tambor pareciera más un helecho que un árbol. Es una de las plantas típicas de la selva y puede crecer en ambientes muy oscuros. Gracias a su casi total coloración verde, su fotosíntesis es acelerada y en poco tiempo puede alcanzar gran altura. Cuando accede directamente a la luz solar, cambia completamente de aspecto: en su adultez se ramifica y su copa la conforman conjuntos de hojas largas y conspicuas (que se pueden identificar muy claramente) de entre treinta y cincuenta centímetros de largo, por lo cual tienen la apariencia de grandes helechos arborescentes. En sólo tres años puede alcanzar los ocho metros de altura, y se puede alzar hasta los cuarenta metros y su tronco puede engrosar hasta un metro de diámetro. Durante su floración se cubre de flores erectas de color amarillo como arreglos florales dirigidos hacia el cielo. El tambor pareciera ser un eslabón entre las plantas primitivas -como los helechos del período carbonífero, en el que no existían insectos ni otros animales que se encargaran de la polinización- y las plantas con flores, mucho más recientes. Especie típica de ambientes tropicales, capaz de crecer tanto en zonas lluviosas como secas, es sumamente abundante entre la vegetación secundaria avanzada de diferentes selvas. Es originario de los bosques de sur y centroamérica. Su madera, aunque poco resistente, se suele usar en la construcción de canoas, por su ligereza y la facilidad para tallarla y moldearla. La semilla, conocida como pata de elefante, es frecuentemente utilizada por artesanos, combinándola especialmente con macramé y alambres. Su nombre proviene de una de sus más increíbles características: su tronco se recubre de lenticelas en forma de ojos vistosos, localizadas longitudinalmente: se trata de protuberancias encargadas de apoyar la función respiratoria.

Mensaje oracular

El tambor nos invita a soltar cargas para entrar en modo fiesta. Es momento de aligerarse y dejar aflorar la actitud de los buenos anfitriones. Tambor nos recuerda las estancias en casa de los abuelos, donde pese a las diferencias se propician espacios para el encuentro, la congregación y el amor. Es momento de ser luz y transformar, de crecer como el tambor, con su gran capacidad para aprovechar los recursos disponibles para levantarse velozmente. Se insta a enocntrar un ritmo, de acompasar los tiempos de la vida. La musicalidad resonante, propia del instrumento cuyo sonido asemeja el tambor, produce vibraciones que invitan a ser livianos, a entonar canciones que alegren el alma y el espíritu y que inviten al gozo y a la plenitud. ¡Es momento de crecer, enlazar, ser puente y ponerle notas musicales a la vida!