Historia del árbol
En la América tropical crece lentamente hasta los treinta metros de altura. Su tronco liso y elegante puede alcanzar hasta un metro setenta de diámetro. De sus ramas extendidas se desprenden racimos de sus deliciosos frutos que se reconocen por su redondez y, en algunas variedades, por una pequeña protuberancia en la punta. Una delgada cáscara verde, lisa y quebradiza, se encarga de proteger la pulpa color salmón brillante, un poco traslúcida, gelatinosa y muy jugosa, que se aferra con tenacidad a la semilla blanca y grande. Los racimos logran alcanzar hasta medio metro de largo y cada fruto oscila entre los dos y los cuatros centímetros de diámetro. En su madurez, que se produce en épocas secas o de verano, el fruto es de una gran dulzura, con algunos destellos ácidos y astringentes que producen una deliciosa sensación al comerlos, y son excepcionalmente ricos en hierro y fósforo. Sus flores son ricas en néctar y atraen abejas y colibríes. Sus hojas son usadas como trampa para las pulgas y, en el Orinoco, algunos indígenas consumen la semilla como sustituto de la yuca; en Nicaragua las muelen con todo y pulpa para curar los parásitos. Para detener la diarrea, el núcleo tostado de las semillas se pulveriza y se mezcla con miel. La decocción de las hojas es astringente y se usa como enema para padecimientos intestinales.
Mensaje oracular
La aparición del mamoncillo en este oráculo es una invitación directa a despertar el eros. En la mitología griega este era el dios primordial responsable de la atracción sexual, el deseo y el amor, algunas de las más poderosas fuerzas motoras que nos impulsan en la vida. Así como cuando se decide hacer una pausa para sentarse a disfrutar de un mamoncillo, es necesario dejarnos embargar por la dulzura, el disfrute y el placer. Es momento de explorar el eros en nosotros. De encontrarlo en lo diferente y lo novedoso, de apreciar lo distinto en el día a día, en las situaciones y en los seres que nos rodean. Estimulemos la capacidad de asombrarnos y de reconocer con admiración las transformaciones más sutiles. Puede ser tan simple como preguntarnos, ¿qué de diferente hay en nosotros hoy? ¿qué matices nuevos hay en las situaciones y personas con las que nos relacionamos? Erotizar la vida es lograr despertar el interés incluso en aquello que es más cotidiano. El mamoncillo nos invita a conectar de nuevas formas con lo aparentemente rutinario. A crear en lo cotidiano lo distinto que nos atrae. Despertar el eros hacia lo habitual e incluso lo familiar (amor filial) nos lleva a un estado de ágape: al amor incondicional