Historia del árbol
Sus raíces en forma de zanco arqueado le permiten levantarse sobre el agua y transformar su entorno en cuna y refugio de otros seres. Esto la convierte en una importante especie nativa en las áreas costeras de América tropical y subtropical, con incontables beneficios ambientales. El manglar -el vecindario donde crecen los mangles- protege las costas de los daños que pueden ocasionarles las mareas y tormentas. Su sistema de raíces y las propiedades que aportan a las aguas donde crecen, proporcionan el hábitat necesario para numerosas especies marinas y estuarinas. Son la salacuna de peces y cangrejos. Y, en general, todos los habitantes del mundo marino donde existen manglares buscan este ecosistema para desovar y alimentarse. Para las comunidades costeras “los manglares son la vida”, pues producen alimento para múltiples especies marinas y para los humanos.
No es un árbol grande: normalmente crece de cinco a diez metros, y alcanza un diámetro de veinte centímetros en el tronco. Su corteza interior es rojiza o rosada, y sus raíces altas y expuestas resaltan por su color rojo. Sus hojas son perennes, opuestas, apiñadas, de color verde brillante por encima y verde amarillo por debajo. Las flores, de color amarillo pálido, suelen brotar en conjuntos de dos a cuatro en la base de las hojas, y son ligeramente fragantes. Sus frutos son cónicos, marrón oscuro. La única semilla es verde y germina dentro del fruto, formando la primera raíz, larga y estrecha. Puede extenderse rápidamente y formar rodales bastante densos.
Las comunidades costeras lo utilizan como fuente de madera para la construcción, cercas, leña y carbón vegetal, como fuente de taninos y como hábitat para la pesca comercial y la acuicultura. También se le atribuyen usos medicinales en el tratamiento de la diarrea, disentería, fiebres, dolencias oculares, trastornos de la piel y úlceras gástricas, entre otros. Tiene propiedades antimicrobianas y antioxidantes.
Mensaje oracular
El mangle tiene maravillosas capacidades de gestar, sostener la vida y formar ecosistemas extraordinarios que proveen protección y abundancia a muchas especies. Este momento nos habla de entrelazarnos con otros seres y generar espacios de cuidado mutuo, donde lo colectivo proporcione un compartir incesante.
Aprovechar cuando la marea baja para conectar con nuestro deseo profundo, encontrar las palabras exactas para aquello que queremos, llevarnos a imaginar eso que sentiríamos si este deseo se materializara, y dirigirnos a crearlo. Volvamos al centro. Se invita a diferenciar nuestra vocación de servicio y el deseo de ayudar, de la necesidad de salvar. Hay que permitir que cada ser haga su recorrido: es responsabilidad de cada uno vivir su propia vida.
Al encontrarnos con Rhizophora mangle se nos invita a dedicar tiempo a gestar nuestra propia creación, en armonía con nuestro entorno.